No reivindicó la figura de Avelino Bazán como un revolucionario, incluso nuestras adhesiones políticas eran antagónicas, nuestra militancia opuesta por el vértice; pero algo se movía dentro de mí, la historia me cayó encima, con la fuerza de la realidad de los hechos. Yo, tan lejana en tiempo y espacio, también perdí compañeros, hermanos de clase y camaradas de armas...y los que hoy perdemos, los perdemos en las manos de un enemigo común que toma una forma muy distinta. Sentí que podía apenas entrever aquella otra forma voraz con la que el capitalismo mata, donde la brutalidad apenas si tiene un velo. Hoy nos erosiona con la rutina y el cansancio, con los pequeños ataques cotidianos y desde las derrotas sangrientas que le asestó a nuestra clase...a su vanguardia.
La verdad, no sé que tanto tenga que ver, que tan loco, irracional, volado, desacertado o atinado puedan ser esos sentimientos y esas sensaciones que me ganaban. Pero me sentí fortalecida, sentí un reverdecer de la seguridad de haber elegido una vida militante, la herramienta individual y social que poseo y que me hace fuerte es mi organización contra todo eso que odio y nos reprime; mis deseos de libertad se ven contenidos en el rebelarse contra lo impuesto, lo hastiante, lo triste, contra la muerte y la violencia, contra la tendencia a pensar que estamos solos. Y esos enormes dolores que no conozco, toman una dimensión diferente...y me molesta la idea de pensar que se los puede recordar como mártires; los luchadores no lo son. Y cuando pienso en ellos, los que abrazaron las mismas ideas que yo, me alejo de mi familia, de sus desaparecidos; pienso que la burguesía no tiene reparos en atragantarse con la sangre de propios y ajenos para garantizar su triunfo, me alejo de sus ideas, de sus concepciones y de sus prácticas. Me pareció tierno y a la vez me generó rechazo el romanticismo con el que se tiñen los recuerdos; me pareció chocante la intensidad con que dios se metía en sus ideas...y ese exacerbar el dolor, como si tuviera algo de placentero sumergirse en él, saborear sus amarguras; mi ser empezó a sentir rechazo por el deleite de sufrir. Yo quiero el dulce de la vida, saborear sus placeres, quiero el deleite de los sentidos, del intelecto; quiero arder la vida apasionadamente y sin cadenas. Quiero ser feliz y milito por un mundo donde todxs y cada unx de nosotrxs pueda serlo.
Terminé la noche pensando en ese abismo entre ellos y yo.


